El poema construye una imagen y a veces una historia, la de esa imagen, fotografía que soporta al tiempo y se comparte de significaciones con los otros, los lectores. Estas imágenes deben cumplir al menos un principio saussuriano, denotar y connotar, porque esa imagen siempre es un signo.
Callados
Al ver su soledad,
Cada mirada
es un decir te quiero
Sin decirlo,
miedo?
¡No lo sé!
¿Sin vida?
¡tampoco lo sè!
En él veo mi espejo
Y sin decir nada,
En cada oportunidad
nuestra naturaleza
Queda en ese lecho.
La poesía de Marta Mogollón deslumbra una necesidad quieta, se avanza y regresa a un instante, a un signo del que escapa por unos momentos el que escribe. Denota un lugar estático, algunas palabras tratan de fijar y reincidir en ese sitio, "callados", "queda", entre otros. El movimiento es el personal e interior de la que escribe, que siempre reconoce que su naturaleza, metáforica y real debe volver allí.
Serenidad
En la penumbra
Rasguño el suspiro del olvido
Ruego al manto negro
Volver mi andar débil,
a pasos mansos, pero firmes
Al llegar el alba,
Esta sea la que rocíe mi regazo
Sin preámbulos al alcanzar
La Serenidad
Tan grandes son mis añoranzas
Que siento miedo de no lograrlo.
En ambos poemas, la quietud, la fijeza en algo, es lugar denotativo y connotativo, porque sugiere "serenidad" como el título del texto. Se habla de un andar débil, porque no hay necesidad de escapar de la imagen, que es la búsqueda del poema y como todo poeta siente temor de lograrlo.
Una escritura sencilla pero precisa en sus intenciones, que deja un buen ejercicio lector y una sensación agradable en el mismo.
La poesía no es fácil, porque se descubre la persona al máximo, pero también es una partitura verbal donde de forma sencilla esta escritora logra liar un signo poético.
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